Álbum Familia Queupul Malo

Testimonio I Carmen Malo Huencho

PRIMEROS AÑOS

“Yo me llamo Carmen Malo Huencho, soy de un pueblo pequeño de la provincia de Cautín, de la novena región. Se llama Puerto Saavedra, pero es el último pueblo que yo llego. Yo no soy del pueblo, yo viví en el campo que se llama Pu Fudu, pero cuando llegó el wingka a pasarlo por los libros le puso Pu Budi. Nos cambiaron el nombre de nuestro lugar, entonces ahora vivo en Pu Budi, que significa que estamos rodeados de lagos”.

“Yo crecí con mi padre que se llamaba Juan Segundo Malo Catrileo, y mi madre se llamaba Antonia Huencho, pero mi mamá murió cuando yo tenía como tres o cuatro años. Ella murió a los 40 años, de parto. Y dejó una hija, una guagua, mi hermana. Ella vivió ahora, es madre y abuela”.

LELFÜN

“Son sentimientos encontrados, buenos y también tristes ―malos no diría―, tristes. Porque yo tuve un padre maravilloso, un padre preocupado, un padre trabajador, un padre con sentido de que sus hijos tenían que educarse. Él siempre nos decía: “yo no quiero que ninguna hija mía ponga el dedo para firmar. Todos tienen que educarse, porque ahora mujer y hombre —decía— van a tener que trabajar. Imagínese hija ―me dijo un día― si usted se casa con un hombre flojo, usted va a tener que sacar adelante esa casa si tiene hijos”. Y tuvo mucha razón en eso, por lo tanto, me educó mi papá. Yo no alcancé a terminar el cuarto medio, porque no le puse empeño, nada más que por eso. No fue por falta de mi padre. Mi padre puso todo lo que él podía. Fui yo la que fallé ahí (…)”

“Pero recuerdos buenos. Tristeza porque al perder la mamá muy pequeña, la madre es la que más está en la casa y el hombre estaba en el campo, sobre todo salía a trabajar y un trabajo duro. Esos son momentos muy tristes al recordarlos. Cuando llegábamos del colegio no había comida, no había fuego; llegábamos muchas veces mojadas y la ropa se secaba en el cuerpo, porque no estaba la mamá que estuviera pendiente. Esas cosas tristes. Pero así como sufrimientos… yo no tuve un papá golpeador, yo tuve un papá bueno, un papá cariñoso, un papá preocupado. Él no andaba con los hijos pegándoles, nada”.

VENIR A SANTIAGO

“Me vine a estudiar. Yo no terminé el estudio aquí porque ya no estaba mi papá. Es diferente cuando está el papá al lado tuyo, te está apoyando, te está aconsejando, se preocupa que no te falte nada, pero cuando ya no está es diferente. Por mucho que hayan hermanos y todo, pero no es igual: el papá es el papá o la mamá es la mamá, pero los hermanos no son iguales, no existe la misma preocupación (…). Yo llegué acá donde un hermano mío en el centro. Mi hermano vivía en Bandera con San Pablo, en pleno centro, arrendaba una pieza, un departamento. Mi hermano era garzón, trabajaba en El Rey del Pescado, allá en Bandera”.

SANTIAGO, LA PRIMERA VEZ

“Cuando llegué a Santiago, a la Estación Central, la verdad es que yo sin saber tomé un taxi. Traía la dirección de mi hermano y llegué, pero si me pregunta ahora cómo lo hice, no me acuerdo, pero llegué bien. Mi hermano vivía en el tercer piso en Bandera con San Pablo. Yo por el balcón miraba y miraba a la gente. ¿Algún día aprenderé a movilizarme?, esa era siempre mi pregunta diaria en la tarde. Miraba yo la locomoción, parecían hormigas, decía: ¿algún día aprenderé a movilizarme, aprenderé sola? Fue bien difícil”.

TRABAJAR DE NANA

“Entonces no terminé el cuarto medio. Cuando vi que empezó a escasear los cuadernos, los libros, me vi en la obligación, porque ya un cuarto medio, un tercero, necesita también de libros más caros, de materiales más caros y no estaba, como le digo, mi papá que era el que me iba ayudando. Entonces decidí trabajar de nana, porque no había. Toda la gente que veníamos del sur, por lo general, llegábamos a trabajar de nana, porque Santiago era difícil y sigue siendo difícil. En ese tiempo que llegué yo, el trabajo de nana era muy denigrante. Valoraban poco, había mucho abuso, no existían horarios. A uno —puertas adentro— le decían medio día el domingo, pero ese medio día tú salías a las 3 de la tarde y tenías que volver. Entonces ¿dónde está el espacio?…!y cada 15 días! Y cuando uno no sabe hacer las cosas era muy abusadora, terriblemente. Yo muchas veces me acostaba llorando y amanecía llorando de pensar que al otro día tenía que empezar desde las 6 de la mañana con frío inmenso en el invierno, y no tener el espacio para descansar, porque no te dejan descansar. Como que las señoras te perseguían: pero ahora tiene que hacer esto, después tiene que hacer esto. Había mucho abuso, mucho abuso”.

BUENOS PATRONES

“El último trabajo fue ya cuando me encontré con personas buenas, que también hay personas buenas. No podemos meterlos a todos en un saco. Trabajé con una señora judía, con un matrimonio judío. Ahí ya me retiré cuando quedé esperando a mi hija mayor, pero ahí aprendí todo lo que sé. Esa mujer fue como una hermana mayor que me enseñaba. Ella no tenía mal genio, era una mujer muy buena. Ella se llamaba Rebeca Goldenberg y el caballero era Mario Grinbaum. Era doctor, médico, y trabajaba en el Barros Luco y ella era Química Farmacéutica y trabajaba en el Paula Jara Quemada. Ahí aprendí todo lo que sé hasta hoy día. Aprendí a cocinar, aprendí a lavar, a planchar bien, todo. Ella tenía como un ángel que ella nunca andaba de mal genio. Nunca me llamó la atención o “¿Por qué no lo hizo?”, “sino te alcanza no importa, sino alcanzo el tiempo no importa, mañana”.

HIJAS: EN BUSCA DE LA CASA PROPIA

“En esa casa donde la familia que era judía yo trabajé hartos años. No me acuerdo cuántos años, pero fueron varios años. Como le digo fueron muy bueno, tengo buenos recuerdos. Ahí quedé embarazada de mi hija mayor y estuve durante todo el embarazo en ese trabajo hasta que recibí mi prenatal. El embarazo fue medio complicado como le decía anteriormente, pero la señora fue muy buena. Me cuido en el embarazo. Era una casa de dos pisos y no me dejaba subir las escaleras, Esa parte fue muy buena. Todo fue bueno en esa casa”.

“Ya cuando iba a tener mi hija, recibí el prenatal. Todo legal, tenía mi libreta de imposición, todo bien. Después de que nació la niña, nos casamos. Fuimos con el testigo en brazos. Me faltaba poquito en prenatal. Me retiré del trabajo, buscamos una pieza y nos fuimos a arrendar al Salto, en Valdivieso, cerca del regimiento Buin. Yo siempre le decía a él que yo no sirvo para estar de allegada, yo tengo que tener aunque sea pequeño, pero mi espacio. Y nos fuimos a vivir. Arrendamos una pieza Ahí nació mi hija. Al año tres meses quedé embarazada de la otra niña que tengo, de mi otra hija. Mis dos hijas nacieron allá, en esa parte donde vivíamos, donde arrendábamos”.

“Después estuvimos en varias partes. La señora que nosotros le arrendábamos —que después fue la madrina de mi hija— ella arrendaba esa casa y ella nos subarrendó a nosotros la pieza. A ella le pidieron la casa, entonces nosotros también tuvimos que partir de ese lugar. Ahí nos vinimos a arrendar a Cerro Navia y vivimos varios años. Después seguimos en Cerro Navia, pero en unas poblaciones más al fondo que hicieron en La Alianza. Ahí le arrendé una casa a un familiar. A usted le piden el arriendo, usted tiene que volver a irse. De ese arriendo nos fuimos a Quinta Normal; la casa era independiente pero la señora tenía un hijo que era medio loco y ese joven vivía en una pieza de la casa que arrendaba la mamá. Ahí fue complicado porque yo empecé a trabajar. El terror era dejar a las niñas solas que llegaran del colegio. Teníamos que trancar las puertas. En la noche amanecía gritando; caminaba. Ahí estuvimos un año. Yo estaba desesperada porque fue un momento muy fuerte”.

“Mi hija estaba en un colegio. Yo le tenía recomendado a los apoderados y una apoderada encontró un aviso y me fue a buscar y me dijo: “tiene que ir ahora a ver la casa”. Vinimos a ver la casa dentro del mismo Quinta Normal, como a tres cuadras, estaba desocupada. Hicimos trato con el dueño y nos cambiamos al tiro. Empezamos a cambiarnos de a poco. No teníamos auto, había poco recurso para pagar flete. Empezamos a cargar todos los días de a poco, en carro, y terminamos de cambiarnos un año nuevo. Dejamos todo y nos fuimos a pasar el año nuevo en el sur. En ese arriendo estuvimos como 13 años. De ese arriendo compré esta casa propia, porque el arriendo es un saco roto que no sabe a dónde va la plata (…)”.

“Ya estaba cansada de cambiarme de casa, porque nunca anduve así. En el campo tenía mi casa. Estaba mi casa, ahí estuve siempre. Según yo un día me senté a llorar y le dije a Dios: “señor, yo no me quiero morir sin tener una casa propia, un lugar seguro, tengo que tener mi casa”. Me daba impotencia. Mis hijas estaban acostumbradas y ¡volver otra vez a cambiarse!: ya no. Pero hay que proponerse metas y tratar de que se cumplan las metas, tratar de ser perseverante Todo tiene un costo, los sueldos no son tan altos aquí, entonces eso mismo no te da para ahorrar. Yo trabajé muchos años después en una pastelería en Abadía con Harris, el último trabajo. Gracias a eso pude juntar lo que me pedían para poder comprar la casa. Ahí trabajé como 8 años y después seguí trabajando en casa, pero ya uno tenía otra personalidad. Por ejemplo, yo iba a hacer el trato de nueve a cinco, después yo empecé a pedir mis ocho horas de trabajo, eran las cinco y tanto, “¿pero ya se va?”, me decían, “el trato dice de nueve a cinco”. “No —yo les decía— si me paga horas extras, por supuesto yo me quedo”, pero yo no tenía por qué volver a regalar mi trabajo, mi tiempo. Y ahora la gente trabaja de esa forma, ahora le respetan el horario. Te respetan tus días libres. (…) Ahora las nanas ponen condiciones. Ahora uno dice no y si le gusto bien y si no…”

VIAJES AL SUR, RECUERDO DE MI PADRE

“Desde que yo llegué a Santiago yo hice un compromiso conmigo misma: de estar siempre en el verano en el sur, porque, como le decía anteriormente, mi papá era solo. Nunca más se volvió a casar y me gustaba estar con él. Tenía mucha confianza con él. Teníamos como amigos. Me gustaba salir a caminar. A esta hora nosotros andábamos cerca a la playa, rodeando los animales. Me encantaba estar con él. Cuando yo era sola todavía ―ya después cuando nacieron mis hijas― nos llevamos enero, febrero, marzo y abril, todo el verano a pasarlo, ayudarlo en las cosechas, estar con él. Mis hijas lo pasaba bien. Tienen buenos recuerdos. A mí me encantaba ir porque como tengo buenos recuerdos del campo. Es mi espacio, ahí está mi vivencia, está todo ahí. Yo miro mi casa, miro mi campo porque es mío, o sea, es de todos nosotros, de mis hermanos, pero como yo lo quiero, lo hago mío. Era una familia buena, familias cariñosas. Los hermanos se juntaban. Mi papá era muy bueno con las hermanas. Mataban un chanchito gordo. Estaban todas las hermanas ahí en la casa, comiendo, haciendo chicharrón. Y mi hija fue muy querida por mi papá —mi hija mayor por su abuelito―. Ellas igual regalonearon harto a mi papá. Eran buenos tiempos”.

PARTICIPAR EN ORGANIZACIONES MAPUCHE

“Yo creo que siempre traje y llevo dentro de mí el sentimiento mapuche. Siempre yo me he querido mucho como mapuche. Me quiero como soy. Respeté mucho a mi papá, sobre todo las enseñanzas que él me dio. Y él siempre decía “nunca se avergüence de ser mapuche”. Y como que eso te ayuda a volver a reencontrarte, porque aquí fue un reencuentro, fue una búsqueda nuevamente. Aquí por muchos años como que a los mapuches no nos veían, y si nos veían, éramos mal mirados. Cuando empezaron las organizaciones yo no estaba en ninguna organización, pero si estaba mi primo hermano Bartolo Malo, que me invitó una vez a un ngillatun”.

“Yo viví una experiencia, yo creo que fue buena y yo me sentí mal. Yo, como no había ido a organizaciones, o sea, a ngillatun ―en el campo tampoco fui porque tenía que quedarme cuidando los chanchos también, siempre los niños chicos los dejaban cuidando los chanchos, la casa. Nunca me llevaron, pero mi papá era de ngillatun. Él entraba a los ngillatunes, a él le gustaba, él era mapuche—, yo al ngillatun fui con mi hija, pero eran chicas, y yo fui de abrigo, con un zapato así medio alto. Y sabe que cuando yo llegué al ngillatun y vi a esas mujeres tan hermosas, tan femeninas, me sentí avergonzada de como yo andaba, me dio vergüenza a mí y yo creo que de ese momento yo cambie el switch. Yo dije desde ese momento que voy a seguir aprendiendo. Me voy a reencontrar y voy a aprender de lo que yo traigo de mi casa, de mi campo, de mi abuela. Mi abuela nunca aprendió a hablar el castellano y yo decía “pucha qué pena que no haya aprendido”. Ahora tengo otra forma de decirlo, “qué bueno que nunca aprendió a hablar el castellano, porque aunque hubiera escuchado al wingka no supo la maldad de ellos”. Entonces ahora me siento orgullosa de ellos, que ella no hubiera aprendido la maldad del castellano, no era necesario. Desde ese momento, nosotras empezamos a participar en los ngillatunes. Desde ese momento, nosotros empezamos a reencontrarnos y ahí partió todo, ahora yo soy mapuche cien por ciento, después de todo lo que el Estado chileno me impuso”.

LA RADIO Y EL MAPUDUNGUN

“Después, cuando me invitaron a trabajar en la Radio, en el programa Wixage Anai, ahí a mí me costó mucho. Porque yo, si bien es cierto sabia todavía hablar y nunca perdí el hablar mapuche, pero no era solamente hablar, todo tenía un sentido de ser. Y una persona me dijo a mí: “o hablas mapuche o mezclas, cuando hablas mapuche, hablas mapuche; si hablas castellano, hablas castellano”. Pero como yo no era de conversar cotidianamente, entonces uno se olvida de la palabra, entonces generalmente uno tiene que poner una palabra castellana (…) Ahora no, ahora sí hablo mapudungun. Yo hablo mapudungun porque (…) es un idioma tan rico en todo, en la conversación, un discurso. Usted puede cantar, hacer discursos, todo. No hay una palabra que falte en mapudungun, no tenemos necesidad de mezclarla con castellano”.

*El uso de las fotografías de este sitio web, solo puede realizarse con el permiso de las familias correspondientes y dueñas del archivo fotográfico. Queda prohibido el uso del material, más allá de la investigación relacionada con el libro y el sitio web del proyecto “Santiago waria mew, memoria y fotografía de la migración mapuche”. Cualquier otro fin debe ser consultado.