Álbum Familia Millaguir Epuleo

Testimonio I Miriam Epuleo Huenufil

CRIANZA EN EL CAMPO

“Yo nací en Santiago, pero me fui a vivir al campo a Temuco, como a las 4 o 5 años. Llegamos a un lugar que se llama Maquehue, allí recuerdo toda mi infancia, porque lo de acá ya no me acuerdo. Llegamos a vivir a la casa de mi abuelita, que se llamaba Amalia Melivilo. Vivimos con ella un tiempo, en la ruka en este caso. Después mis papás hicieron su propia ruka. Era mi mamá, mi hermano y yo. Y ahí nos criamos. Yo viví con mis papás hasta los doce o trece años”.

MIS PADRES

“Mis papás se casaron acá en Santiago. Se conocieron acá y después se fueron a vivir al sur. Mi papá trabajaba en ese tiempo en una panadería. Se llamaba Mauricio Epuleo Melivilo. Mi mamá Aurelina Huenufil Caniupan. Están vivos los dos y viven en el campo. Nosotros los visitamos todos los años. Somos cuatro hermanos. Yo soy la mayor”.

EL COLEGIO, LA NIÑEZ Y EL TRABAJO

“Yo fui al colegio bien poco. Pasé corriendo por el colegio. Estudié hasta cuarto básico. Porque en esos tiempos pasaba que cuando uno era chico, en el campo, generalmente uno trabajaba desde que aprendió a caminar. Primero a cuidar los chanchos, que sacarle comida a los pollos, que a regar, que a cosechar, todo. Allá los niños no tienen esa facilidad que hay acá. Bueno ahora sí, pero a mí me tocó todo lo pesado. Y al colegio iba cuando no estaban ni sembrando, no estaban cosechando, o sea, cuando había oportunidad yo iba al colegio. Cosa que me encantaba sí, a mí me encantaba ir al colegio. Hacía cualquier cosa, cualquier trabajo, con tal de poder ir colegio”.

A LOS 12 A TRABAJAR

“Entre los 12 ―cumpliendo los 13— yo me fui a trabajar a una casa a Temuco. O sea, a mí no me preguntaron querís trabajar. Me pescaron y me dejaron en una casa. No me preguntaron nada. Y no era solamente a mí, como para que yo pudiera decir “no, a mí me hicieron esto”. Era como la cultura, como la gente. No sé qué pasaba que casi la mayoría de las personas mapuche o familias mapuche, al hijo mayor como que…era el que ayuda en la familia. Ayudar a comprar las cosas, la mercadería para la casa.

Fue de un día pa’ otro. Yo me acuerdo haber ido a Temuco con mi mamá y alguien le preguntó si tenía a alguien que quisiera trabajar. Y mi mamá dijo: “mi hija”. Y a mí me dijeron “¿Querí trabajar?”, ―“No”. —“Ya, tú te quedai ahí a trabajar”. No tengo idea ni cuánto me pagaban. Ellos iban a cobrar. Yo hacía las cosas y todo. La diferencia es que a los doce años yo sabía hacer de todo. Cosa que los niños de ahora, nada. Yo a los doce años ya cocinaba, hacía el pan, hacía el mote. Hacía todo. Tenía dos hermanos más chicos que prácticamente lo cuidé yo, los críe yo a esa edad. Entonces era muy madura. Igual: 12 años dice uno, pero era madura para los años que tenía.

Lo que sí me acuerdo es que alcancé a estar como un mes. Fueron a cobrar el sueldo y mi papá llega un día en bicicleta. Yo estaba limpiando los vidrios y veo que pasa alguien en bicicleta. Lo reconocí al tiro, era mi papá. Y empecé a gritar “papi, papi”. Lo abordé y me dijo: “te vengo a buscar. Tú no puedes estar aquí”. Y él me fue a buscar a esa casa, me acuerdo. Me fue a rescatar”.

EL TRABAJO Y SANTIAGO

“Después me fui a la casa, pero me gustó a mí trabajar. Ya no quería andar cuidando los chanchos, no quería andar en el barro. Quería mi cama calentita, quería ver tele. Entonces me quedó gustando y quise seguir trabajando. Seguí trabajando en otras casas en Temuco y a los 15 años me vine a Santiago a trabajar. Una tía ―que ya estaba trabajando en una casa— le dijo a mí mamá que si ya estaba trabajando bien, que me viniera a Santiago que pagaban mucho más. Así que me vine a trabajar a Santiago con ella. Estuve dos meses y volví a Temuco. Estuve un tiempo y después ya me vine sola. Llegué donde otra tía (hermana de mi mamá, en Pudahuel, en Neptuno con San Pablo) y busqué trabajo sola. Yo no tenía carnet de identidad, nada. Entonces no me podían dar trabajo. Y preguntando dónde había un registro civil, hice todo sola. Saqué mi carnet. Compré el diario. Busqué trabajo por intermedio del diario. Si era muy agrandá”.

POLOLEO

“Empecé a pololear a los 14 años y me casé a los 17 años. A los catorce empezamos a pololear, pero ese pololeo que te escribes una carta y con suerte te ves una vez al mes. Y con suerte me tocaba la mano. Así estuvimos pololeando hasta los 17 años, cuando me robó. Nos casamos a la cultura mapuche. Lo planificamos. Primero quisimos avisarle a mi papá. Y él de principio dijo que sí, pero llegado el momento, se arrepintió. Me dijo que no, que era muy chica. Y marido me dijo entonces nos vamos juntos. Pero no fue en caballo. Fue en bicicleta, más moderno. Me acuerdo que me mandaron a darles agua a unos animales a una laguna que está como a veinte minutos de la casa y fui con mis dos hermanos chicos. Se supone que fuimos a darle agua y mi marido ―que en ese tiempo era mi pololo— me estaba esperando en un lugar. Y yo les dije a mis hermanos que se fueran adelante con los animales y ahí yo me escapé.

Y nos fuimos a la casa de una hermana de mi esposo. Y mi cuñada al otro día nos fue a dejar a la casa de mis suegros. Y de la casa de mis suegros, mandaron un werken a la casa de mis papás. Y mi papá no quiso. Dijo que nada de mafün, que tenía que ser al tiro por el civil. Y nos casaron al tiro”.

PRIMERAS CASAS EN SANTIAGO

“Primero vivimos en la casa de mi cuñada como dos o tres meses. Mi marido trabajó y buscamos arriendo. Nos fuimos a arrendar a una casa en Puente alto, al Tranque. Arrendamos una casa que era un señor solo, que viajaba mucho y no llegaba a la casa. Llegaba como una vez al mes. Era como que le cuidábamos la casa y al mismo tiempo le pagábamos el arriendo. Pero duramos poco, porque cuando llegaba nos cortaba la luz. Pasamos hartas cosas tristes, feas, así que nos fuimos.

En esto conocimos a una prima de mi marido, por parte del papá, que es hermano de la mamá de ella, una prima en segundo grado (Carmen Garrido Millaqueo). Nosotros nos visitábamos. Era la única casa donde íbamos de visita. Yo le conté un día lo que nos pasaba. Por alguna razón, este matrimonio nos acogió muy bien, nos quiso mucho o nos tuvo pena, no sé qué pasó. Yo le conté llorando que un día el caballero nos comió nuestra comida con la mano. Y él ―Juan Tapia—, que era el dueño de casa ahí, me dijo: “no, no puedes andar sufriendo, menos con una niña. Van a arreglar sus cosas y se vienen mañana mismo a mi casa”. Y así sin conocerlo, con suerte me vio dos veces en la vida. Y él desde La Florida, como en el paradero 14, en un triciclo viajó hasta El Tranque en Puente alto a buscar las cosas, que eran: la cama que teníamos, la cocina y una cuna que era de la Karen. Era todo lo que teníamos. Con un triciclo nos vino a buscar.

Y con sus manos armó una pieza en el patio de su casa. Después nos fue agrandando la casa y nosotros no pagábamos arriendo, nada. Para mí ellos son….es que alguien que te ayude. Vivimos en esa casa 5 años. Ahí nació la Nicole. Él me dijo que no pagara arriendo, que ahorra todo eso y me ayudó a ahorrar, a postular, hasta que logré tener mi casa. Gracias a ellos, a dios, no sé a quién, he tenido suerte en la vida. Para mi ellos son todo. Y sé que yo para ellos también”.

*El uso de las fotografías de este sitio web, solo puede realizarse con el permiso de las familias correspondientes y dueñas del archivo fotográfico. Queda prohibido el uso del material, más allá de la investigación relacionada con el libro y el sitio web del proyecto “Santiago waria mew, memoria y fotografía de la migración mapuche”. Cualquier otro fin debe ser consultado.